Su historia tuvo lugar hace cientos de años en Namibia, aunque podría haber ocurrido ayer mismo y en cualquier lugar del mundo. Llegó a la tribú siendo un encantador cachorro de pastor de Anatolia que, al igual que cualquier perro con esa edad, sólo quería comer, dormir y jugar. Sus primeros días fueron difíciles, intentando encajar en una manada ya establecida de duros perros pastores y con poca guasa, entrenados para defender el ganado durante las épocas de transhumancia. Desde el primer momento en el que intentó acercarse a ellos, lo hacía jugueteando, a saco, y se daba de bruces con los gruñidos de sus mayores que le mostraban sus afilados dientes. Afortunadamente, era un perro listo y no tardó en encontrar cobijo entre los niños de la tribú, cuya actitud enérgica y desenfada iba más con su estilo. A los pocos días ya había establecido un vínculo especial con uno de los niños y desde entonces se hicieron amigos inseparables. Nujoma, que era como se llamaba aquel niño, observaba como el cachorro intentaba, cada mañana, acercarse a la manada de perros pastores sin resultado y con riesgo para su integridad. Jamás desistió. Por eso le puso el nombre de Dapper, que en africano quiere decir valiente.
El vínculo entre Nujoma y Dapper se hizo más fuerte con el paso del tiempo, algo que se podía constatar en la actitud de Dapper. Los que tienen o han tenido perro saben de lo que hablo. Mirada de fidelidad absoluta, confianza total hacia el dueño por encima de toda lógica, lametones para dar los buenos días, una pata rasgando en el brazo para pedir más caricias, patas y panza hacía arriba cada vez que escuchaba una palabra de cariño. Devoción, en definitiva, de un perro hacia su amo. Nujoma era un Dios para Dapper y creía en él más de lo que cualquier religioso podrá creer nunca en lo que sea que crea.
Un día Nujoma recibió la noticia de que su padre había muerto. El joven estaba triste y Dapper no se separó de él ni un sólo instante, unido a su dueño por mágicas costuras. Sólo durmió, comío y molestó cuando su dueñó lo había hecho antes. No se escuchó de él ni un ladrido durante los cuatro días que duró el luto, hasta que Nujoma cayó en la cuenta de que, sin su padre, debía atender a la familia y cuidar del ganado. Aquellos cuatro días de tristeza sirvieron para convertir a Nujoma en todo un hombre y cuando salío de la cabaña no volvió a ser el mismo. Los juegos, la diversión y el desenfado pasaron a un segundo plano, relegados por el cuidado del rebaño para poder mantener a su madre y sus hermanas. Esa misma mañana, Dapper salió de la cabaña tras Nujoma y se separó de él —por primera vez en mucho tiempo— para dirigirse con tranquilidad a la manada que tantas veces le había rechazado. El líder, un fuerte perro pastor, le gruñó y le enseñó los dientes, como le había ocurrido desde que era un cachorro. Pero algo distinto pasó. Dapper se mantuvo frente a él, estoico, y lo miró a los ojos, fijamente. Retándolo. La amenaza duró unos segundos, el tiempo que tardó Dapper en ser admitido por la manada. Al igual que en Nujoma, algo en él había cambiado. Algunos pensarán que sorprendentemente, aunque los que han tenido perro saben de lo que hablo. (Continuará, que me tengo que ir de tapas…)


