Con ánimo de ensuciar
"Intento vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda golpea constantemente sus muros". Flaubert.La vida al fin y al cabo
Hola. Andrés os sigue odiando, pero la vida es así de perra. No os fustiguéis por eso.
Son las 16:42. Hora local. Es la primera vez que llega con retraso al turno de tarde, pero no le importa. Siente la fuerza necesaria para aguantar la regañina del patrón con estoicismo. Tiene todo planeado para ese momento. Don Charles le mirará por encima de sus redondas gafas y escupirá uno de sus habituales sermones. La puntualidad es uno de los aspectos que más ha valorado mi familia durante la larga trayectoria de esta empresa, le dirá con ese aire de viejo rico derrotado por sus complejos. También habrá amenazas que jamás se cumplirán. No tiene cojones, concluye. Maneja su furgoneta pensando en todo eso y sorprendiéndose por la poca trascendencia que le da a las circunstancias. Hoy no. Sabe que es el mejor de los trabajadores de la destilería y que, sin su presencia, nadie sería capaz de manejar al grupo de jóvenes gamberros empleados para almacenar la carga. Ni si quiera Don Charles. Por eso es vital que siempre llegue a su hora. Pero un día es un día, y hoy nada de eso importa. El beso que le ha dado en la frente a la persona que ha dejado en casa le parece un bálsamo de felicidad eterna. Por un instante teme que el día de mañana se convierta en uno de esos ayudantes vagos que le acompañan en la destilería. Pero no puede ser, lleva su sangre.
Ha sido niño. Su mujer, prefería que fuera así. Ella tiene un hermano mayor que la ha protegido siempre —incluso después de casarse— y su idea es tener una parejita en la que el primer hijo fuese varón. A él no le preocupaba el sexo. La bendición es que venga sano, le repitió a su mujer durante los ocho meses y medio de embarazo. La noche anterior había sido larga. Demasiado. Impotencia por la incapacidad para compartir el dolor de las contracciones que, avisando de que el momento estaba más cerca, sentía su mujer; nervios que intentaba aplastar sin éxito, con cada paso que daba a lo largo del corredor de maternidad; oraciones, durante dos horas y cuarto, en la capilla. La receta del milagro de la vida. Desde que le permitieron entrar en el paritorio y contempló la sonrisa de su esposa con el niño entre los brazos experimentaba una nueva sensación. Por primera vez compartía algo real con ella, la princesa que hacía que un trabajo precario en una destilería de mala muerte mereciese la pena. Empaquetaría su alma y la mandaría al mismo infierno por su mujer si fuese necesario. Ahora no sólo tenía motivos para hacerlo por ella.
Aparca la furgoneta frente a la fábrica y se dirige a la entrada. Mira el reloj electrónico que lleva en la muñeca. 16:52 horas. Martes, 12 de enero de 2010. Al atravesar el umbral ve a Don Charles que lo espera en el vestíbulo con cara de viejo rico derrotado por sus complejos, mirándolo por encima de sus redondas gafas. Sin embargo, el patrón no escupe ningún sermón. Algo se lo impide súbitamente. Siente que el mundo se desploma bajo sus pies, mientras el edificio se hace girones sobre su cabeza.
A mil quinientos kilómetros de Haití, en Florida, los sismógrafos del Instituto Geológico de los Estados Unidos casi revientan. Están registrando el terremoto más devastador de los últimos dos siglos.
Los vecinos de aún más abajo (y segunda parte)
Hola. Andrés os odia. Y un poquito más desde que me destripáis las segundas partes. Admito que os subestimé y jamás creí que cogieseis el tema del artículo a la primera. Pero veo que Lola, Carmen, Vanessa, Rafael y Monty la han pillado al vuelo. Así que me ahorráis más explicaciones, pero me obligáis a darle una vuelta o a hacer el esfuerzo de seguir profundizando. Pero no os preocupéis, ya os odiaba antes de eso.
Cambiamos de vecinos. Estos viven más abajo. Mucho más de lo que estáis pensando. Al sur. Van todo el día desnudos porque hace un calor terrible. Desgraciadamente con estos no he intercambiado ni una palabra. Jamás me he cruzado con ellos y, si lo hiciese, no entendería nada de lo que me dijesen. Son negros. En vuestro lenguaje políticamente correcto convendría decir que son de color. De color negro africano, para ser exactos. Viven en una tribu formada por no más de treinta personas y me he topado con ellos gracias a la televisión. Una mujer de color blanco europeo —aunque yo diría que más bien era de color rosa—, que decía ser una socióloga anglosajona de no-se-qué universidad, explicaba a la cámara que aquellos indígenas no tenían ninguna palabra para definir la alegría o la tristeza. Pero, sobre todo, lo que más había llamado su atención era la energía desorbitada que ponían en todo lo que hacían. Esa energía, decía la pava del documental, se la proporciona el hecho de que siempre están en un extraño estado de plena felicidad. Y, claro, a partir de aquí cada uno saca sus propias conclusiones. Y yo tengo las mías y un blog.
Los habitantes de la tribu se levantan temprano para ir a cazar. Recorren grandes kilómetros y persiguen a su presa en un alarde de resistencia física. Luego vuelven al poblado. Mientras la carne se cocina cuidan la tierra que también les da alimento y buscan agua. Después de comer descansan lo justo para que les dé tiempo a recoger frutos de huertas naturales, prepararlos para la cena y, si la alacena no da para mucho, salir de caza antes de que caiga el sol. Como no tienen Mercadona están obligados a hacerlo cada día para sobrevivir. Antes de cenar salen a buscar madera y la preparan para la hoguera que les da calor. Para despedir el día bailan alrededor del fuego con el fin de calentar sus cuerpos para las duras horas que les esperan: las noches en la jungla rezuman rocío a caudales y son muy frías. Si no lo hacen podrían enfermar con lo que eso supone en el lugar del mundo en el que se encuentran: muerte. Vencidos por el cansancio se duermen en la peligrosa oscuridad.
Quizás lo extraño no es que sean felices, si no lo contrario. Pese a que viven como animales —yo digo que precisamente por eso— no conciben la tristeza. Como el león, el rinoceronte o la golondrina, su vida es una jornada laboral continua de dieciséis horas para sobrevivir y no lo lamentan. Esa es la causa, no la diferencia. Lo único que tienen ellos de lo que nosotros adolecemos es del instinto que ha logrado que la especie se perpetúe. Tenemos cines, fútbol, móviles y veinte conjuntos diferentes en el armario, pero hemos eliminado lo que nos ha mantenido despiertos y felices hasta hace un puñado de siglos. Nosotros fuimos como ellos, pero nuestra sociedad elimina el impulso más primitivo de todos. El único instinto que hizo que, durante millones de siglos, no tuviesemos más preocupación que mantenernos vivos: el de supervivencia. Su hueco lo ocupa ahora un gran vacio que rellenamos de trivialidades. Más cómodos que nunca y más vacios. Es la gran paradoja de nuestro tiempo. Mientras pensamos en nuestros cómodos sofás si nos llegará para pagar la hipoteca de nuestras chozas de cien metros cuadrados y tarima flotante, se nos olvida que el humano es un animal más en la tierra. Y, ahora, no queremos escuchar al sin techo alemán ni a la rudimentaria tribu africana cuando nos avisan de que somos el único animal que sabe lo que es la infelicidad. Tampoco podríamos aunque quiesiéramos. Es demasiado tarde.
Los vecinos de más abajo (Primera Parte)
Hola. Andrés os odia. Llevaba mucho tiempo navegando por la mierda. Casi había naufragado y pensé en dejar el blog. Casi. A veces, quién menos te lo esperas te devuelve la claridad y recuerda tus objetivos. Hace unos minutos volvía a casa con mis dos perros y me he encontrado con uno de mis vecinos de abajo. Nunca había cambiado una palabra con ellos, pero hoy uno me ha parado para acariciar a mis cánidos y hemos cambiado impresiones durante unos minutos. Al terminar he sentido un cierto vacío en mi interior. Eso ha sido suficiente para salir de la mierda, subir a mi torre de marfil y ponerme a escribir aquí. Tengo un blog sobre esto, pensé. Y aunque este primer párrafo sea un poco disperso para vuestra comprensión. —permítanme que a estas alturas les tuteé— no os preocupeis que voy al grano en un plis, Aramís.
Son dos. Viven abajo. No dónde estáis pensando. Más abajo. En la calle. Dos colchones debajo de los soportales y un par de cajas de madera son los únicos muebles que necesitan para sobrevivir. Suelo observarlos desde mi ventana, mientras disfruto del ambiente que me proporciona la calefacción central, sentado en mi confortable sofá. Por las noches sacan latas o embutido que acompañan con refrescos, vino de tetrabrik y pan. A veces se dan un lujo y entran en el pub de al lado para mojar el gaznate con algún preparado. Sobre todo cuando hay fútbol. El rubio es alemán y, aunque sienta cierta simpatía por el Munich 1970 de su país, dice que es del Betis manquepierda y antimadridista. Alguno pensará que dónde van dos tíos que viven en la calle y debajo de unos soportales a gastarse el dinero en un cubata. Y bueno, que queréis que os diga, también tienen derecho si sus empleos se lo permiten. Porque su puesto de trabajo está en pleno centro de la ciudad. Utilizan la táctica de divide y vencerás para sacar más de lo que hacen. Se separan unos cien metros y luego se sientan en la acera y esperan a que los demás vayamos depositando alguna moneda en sus cestos. A las ocho de la tarde ya están durmiendo o intentándolo para que no les sorprenda el frío del amanecer con pocas horas de sueño. No están solos, la familia la completan dos perros de raza difusa que no se separan de ellos ni un minuto y les vigilan las mochilas en las que guardan todo su patrimonio mientras duermen o lo intentan.
A lo que iba. Me he cruzado con el alemán rubio hace unos minutos. Quería saludar a uno de mis perros y hemos estado hablando de la grandeza de esos animales, de cómo consiguió al suyo recatándolo de un dueño perverso que perdió dos dientes durante la escena y de fútbol. Le he dicho que debe ser duro vivir así y me ha contestado que antes, cuando vivía en Alemania, era policía pero que se cansó de la vida consumista. Está en España porque hace menos frío y eso es suficiente para su estilo de vida. Aunque no le gusta no poder pasar con su perro a los establecimientos públicos. España es una mierda para eso —explica— en Alemania pueden entrar hasta en los bares de copas porque allí sabemos que te puedes fiar más de ellos que de cualquier persona. Nos hemos despedido porque me ha sonado mi móvil de última generación. He vuelto a casa pensando en que no paramos de hablar de la crisis desde nuestros pisos del Ikea y que, a lo mejor, nuestro problema está en tenerlo todo. Suprimimos el instinto más básico, que es el de supervivencia, y ahora tenemos que buscarnos problemas y retos para ser felices. Estaba dándole vueltas a todo esto cuando oigo al alemán chiflándome desde la acera de enfrente. Si alguna vez me toca la lotería —dice mirándome muy serio— me compró un terreno inmenso, pongo en el medio una caravana y me voy a vivir allí para siempre con veinte perros.




