Con ánimo de ensuciar
"Intento vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda golpea constantemente sus muros". Flaubert.Los vecinos de más abajo (Primera Parte)
Hola. Andrés os odia. Llevaba mucho tiempo navegando por la mierda. Casi había naufragado y pensé en dejar el blog. Casi. A veces, quién menos te lo esperas te devuelve la claridad y recuerda tus objetivos. Hace unos minutos volvía a casa con mis dos perros y me he encontrado con uno de mis vecinos de abajo. Nunca había cambiado una palabra con ellos, pero hoy uno me ha parado para acariciar a mis cánidos y hemos cambiado impresiones durante unos minutos. Al terminar he sentido un cierto vacío en mi interior. Eso ha sido suficiente para salir de la mierda, subir a mi torre de marfil y ponerme a escribir aquí. Tengo un blog sobre esto, pensé. Y aunque este primer párrafo sea un poco disperso para vuestra comprensión. —permítanme que a estas alturas les tuteé— no os preocupeis que voy al grano en un plis, Aramís.
Son dos. Viven abajo. No dónde estáis pensando. Más abajo. En la calle. Dos colchones debajo de los soportales y un par de cajas de madera son los únicos muebles que necesitan para sobrevivir. Suelo observarlos desde mi ventana, mientras disfruto del ambiente que me proporciona la calefacción central, sentado en mi confortable sofá. Por las noches sacan latas o embutido que acompañan con refrescos, vino de tetrabrik y pan. A veces se dan un lujo y entran en el pub de al lado para mojar el gaznate con algún preparado. Sobre todo cuando hay fútbol. El rubio es alemán y, aunque sienta cierta simpatía por el Munich 1970 de su país, dice que es del Betis manquepierda y antimadridista. Alguno pensará que dónde van dos tíos que viven en la calle y debajo de unos soportales a gastarse el dinero en un cubata. Y bueno, que queréis que os diga, también tienen derecho si sus empleos se lo permiten. Porque su puesto de trabajo está en pleno centro de la ciudad. Utilizan la táctica de divide y vencerás para sacar más de lo que hacen. Se separan unos cien metros y luego se sientan en la acera y esperan a que los demás vayamos depositando alguna moneda en sus cestos. A las ocho de la tarde ya están durmiendo o intentándolo para que no les sorprenda el frío del amanecer con pocas horas de sueño. No están solos, la familia la completan dos perros de raza difusa que no se separan de ellos ni un minuto y les vigilan las mochilas en las que guardan todo su patrimonio mientras duermen o lo intentan.
A lo que iba. Me he cruzado con el alemán rubio hace unos minutos. Quería saludar a uno de mis perros y hemos estado hablando de la grandeza de esos animales, de cómo consiguió al suyo recatándolo de un dueño perverso que perdió dos dientes durante la escena y de fútbol. Le he dicho que debe ser duro vivir así y me ha contestado que antes, cuando vivía en Alemania, era policía pero que se cansó de la vida consumista. Está en España porque hace menos frío y eso es suficiente para su estilo de vida. Aunque no le gusta no poder pasar con su perro a los establecimientos públicos. España es una mierda para eso —explica— en Alemania pueden entrar hasta en los bares de copas porque allí sabemos que te puedes fiar más de ellos que de cualquier persona. Nos hemos despedido porque me ha sonado mi móvil de última generación. He vuelto a casa pensando en que no paramos de hablar de la crisis desde nuestros pisos del Ikea y que, a lo mejor, nuestro problema está en tenerlo todo. Suprimimos el instinto más básico, que es el de supervivencia, y ahora tenemos que buscarnos problemas y retos para ser felices. Estaba dándole vueltas a todo esto cuando oigo al alemán chiflándome desde la acera de enfrente. Si alguna vez me toca la lotería —dice mirándome muy serio— me compró un terreno inmenso, pongo en el medio una caravana y me voy a vivir allí para siempre con veinte perros.
Domingueros asesinos
Hola. Andrés os odia. A unos más que a otros. Pienso que ya es hora de tocar la fibra al personal, así que me he sentado delante del ordenador con ganas de ejercer de ecologista demagógico y ordinario. Lo que viene siendo un verdulero a mucha honra. No os engañéis, lo hago porque últimamente nadie se mete conmigo en los comentarios. Pero, de paso, me quedo a gusto despachando sobre un colectivo: el de los valientes cazadores y sus sucedáneos.
En la blogosfera hay de todo y cuando andas cotilleando de un click a otro corres el riesgo de encontrarte con asuntos que te amarguen el día. En esta ocasión fue una foto en la que se veía a un fulano en cuclillas, escopeta apoyada en la espalda, chaleco verde camuflaje, pitillo a medio fumar entre los labios y media sonrisa Colgate. Parecía el día más feliz de su vida. Tal vez lo fuese: bajo él yacían los cuerpos de casi una docena de ciervos. Muchos de ellos ya tenían las tripas fuera y la sangre dibujaba líneas siniestras sobre el cemento. El hijo de puta colgará la foto encima de la chimenea, pensé.
Es temprano en la sierra de Cazorla. Ha sido una noche fría y las lagartijas buscan el calor de los primeros rayos de sol que se cuelan entre las ramas de los pinos e intensifican el verde del entorno. Aún se pude observar a algún búho rezagado que vuelve a su guarida tras una noche de intenso trabajo. En su camino casi se cruza con su sustituto en el turno de la mañana, un halcón en busca de desayuno. Desde abajo una cierva los mira con curiosidad y respeto antes de seguir bebiendo del Guadalquivir. Después vuelve con sus cervatillos que están a punto de cumplir la edad suficiente para apañárselas solos. Por el camino llaman su atención un par de mariposas que revolotean entre los árboles. En ese instante, un estruendo le hiela la sangre. A su alrededor, decenas de aves salen de los árboles y cruzan el cielo huyendo del peligro. Es la primera vez que la cierva escucha un sonido tan fuerte y, sin entender lo que pasa –jamás lo hará–, corre como si le azotasen mientras su corazón bombea con fuerza. De nuevo el sonido atronador, esta vez acompañado de dolor. Ya sólo será capaz de recorrer un par de metros. Lo último que siente antes de caer desplomada es la sangre recorriendo su cuello. Aún mantiene el gesto de sorpresa en la foto de la chimenea.
Hasta aquí la demagogia por hoy. Vaya por delante que tengo familiares, amigos y conocidos cazadores que me dificultan el ejercicio de catalogarlos a todos como mala gente. Aunque, para decir verdad, algunos me lo ponen fácil. A otros les tengo una gran estima, aunque no hablo de su afición y si surge la conversación hago mutis por el foro o la corto de raíz para no estropear la amistad. Una cosa no tiene nada que ver con la otra, supongo. Pero me odio a mi mismo por no mandarlos a todos directamente a tomar por culo. Y ojo, me vale igual un ciervo, que un jabalí, que un oso o que una trucha. Deporte, lo llaman. Y una mierda. Son domingueros asesinos.
Edito para insertar una novedad. Una de esas imágenes que ayudan a que lo lleves mejor. En él podemos ver a un cazador valiente. Picha aquí para verlo.
De hijos de puta y asfalto
Hola. Andrés os odia. Siempre he preferido ir en tren. Es más seguro, más cómodo y no tienes que poner tu vida en manos de la pléyade de hijos de puta que transitan por las carreteras españolas. Además, siempre he tenido miedo a volar. He cruzado el Atlántico un par de veces, así que no es por cobardía. Pero tantas toneladas en el aire se me antoja algo antinatural por muchos científicos que me digan que el fenómeno de Haidschig –o como coño se escriba— y que el duplicado de sistemas de los aviones hacen que sea casi imposible sufrir un accidente. Que no me den la vara y que se lo cuenten a los pocos que se despeñaron y sobrevivieron. A ver que les responden ellos. Sin embargo, hace unos días empecé a pensar si no es más peligroso andar por la carretera con tanto gilipollas suelto. Al final, claro está, elijo el coche porque me da unos segundos de reacción propia. En una semana he recorrido más de 900 kilómetros. Ida y vuelta de mi casa a Caños de Meca para disfrutar de unos días de tranquilidad junto a mi señora y mis dos perros.
Autopista A-4. No había recorrido 50 kilómetros cuando me encontré al primer imbécil. Imaginaos, transito con mi coche a 120 kilómetros por hora sobre el carril derecho y, al dar una curva, me encuentro con una fila de camiones de gran tonelaje. En la radio suena ‘Londong Callling’. Miro al retrovisor, nadie. Miro al espejo derecho, nadie. En ese momento recuerdo las revistas de tráfico que me llegan a casa: “Nunca haga un adelantantamiento sin habérselo pensado dos veces”. Y me digo que joder, Andrés, haz lo que debes como buen vecino. Entonces vuelvo a observar el retrovisor y veo, a lo lejos, una mancha gris plateada en el carril izquierdo. Como el derecho está vacio y no hay nadie más, una luz de alarma se enciende en mi cabeza: “A ese lo conoces, es el mismo soplapollas que te encuentrras una y otra vez allí donde vas”. Miro, de nuevo, el espejo derecho y lo veo mucho más cerca. A unos 200 kilometros por hora va el hijo de la grandísima perra, calculo. Así que, como hay tiempo, decido poner mi intermitente y subir a cientotreinta para adelantar a la ristra de camioneros que tengo delante. Me pongo en el carril izquierdo y espero con un ojo en la carretera y otro en el retrovisor. El coche gris se acerca. Sigo esperando. Se acerca. Yo aguanto. Se acerca. Ya he adelantado a uno de los camiones. Se acerca más. La velocidad que lleva el descerebrado empieza a ponerme nervioso pese a que le ha dado tiempo a verme con suficiente antelación. Pero yo sigo esperando mientras una gota de sudor recorre mi sien. El cabrón también espera a estar lo suficientemente cerca y, entonces, da un frenazo y me empieza a pedir paso con incesantes ráfagas de luz. Pero ahora me toca a mí y su velocidad ya no es un peligro, me digo. Con prudencia, levanto un poco el pie del acelerador. Ciento diez kilómetros por hora. Ja. Ya he adelantado a otro camión, me quedan cuatro. Ja Ja. Las ráfagas no cesan, pero no voy a meterme entre los camiones. Se me va a hacer largo, pero más a ti Fitipaldi de mierda.
‘The Clash’ sigue dándolo todo por los altavoces. Sólo he tardado unos segundos en realizar el adalentamiento. Lo suficiente para sacar de quicio al apollargado que viene detrás. Porque de eso tiene la cara. De apollargado. Casi no me da tiempo a vérsela cuando vuelvo al carril derecho y me adelanta, acelerando a tope, con aspavientos a la vez que yo lo miro con cara de pocos amigos. Esta postal es una de las muchas que os podía poner de un único viaje. Me quedo con las ganas de relatar lo que pasó en la cola del pejae. Quizás lo deje para otro día. Fueron otros muchos los mamones que me rebasaron a más de 180 kilómetros por hora, muchos con mujer y niños dentro del vehículo. Y, oye, cada cual puede hacer con su destino y el de los suyos lo que se le antoje. Pero si yo estoy circulando también están jugando con el mío. Y eso me jode. Cuando os matéis, porque os vais a matar en la carretera jodidos mamones de mierda, hacedlo solos y sin llevaros a nadie más, cabrones. Sólo lo sentiré por vuestras madres.




