Dapper, el valiente (…y II)

Cuando logró que la manada lo aceptase, Dapper ya no era un cachorro. A sus seis años era un maravilloso ejemplar de perro ovejero de Anatolia, con una altura de 77 centímetros a la cruz y un peso de 60 kilos de músculo, tupido pelo y dientes como sables. No necesitó esforzarse para convertirse en líder de la manada en poco tiempo. Todas las mañanas daba largos paseos por la sábana con Nujoma y el ganado. Los perros pastores de Namibia no están entrenados para guiar a las ovejas, su función es protegerlas de los depredadores. Sobre todo de los peligrosos guepardos. En toda su vida, Dapper no tuvo que enfrentarse a ninguno. Cada vez que le llegaba el olor de los felinos, los buscaba con la vista y se sentaba entre ellos y el ganado. Entonces, un par de gruñidos —en plan ojos negros tienes— eran suficientes para que el atacante diese media vuelta y pusiese patas en polvorosa. Hasta Nujoma sentía cierto recelo cuando lo veía así, lomo encrespado y labios levantados enseñando sus amenazantes dientes. Sin embargo, cada vez que un guepardo se levantaba y huía, Dapper corría rápidamente junto a su amo con una actitud bien distinta, moviendo el rabo y jadeando con esa mirada de cachorro travieso —que jamás perdió en toda su vida— dispuesto a recibir una merecida caricia.

El tiempo fue pasando y Dapper, el mejor perro pastor de toda Namibia que antes fue la envidia de todo pastor, se hizo mayor. A sus catorce años, cada vez le costaba más trabajo correr para proteger al rebaño y cuando volvía a casa después de un duro día de trabajo sólo quería dormir. Y la naturaleza es sabía, pero despiadada cuando de aplicar su ley se trata.

Un joven y fuerte guepardo caminaba por la sábana cuando divisó a lo lejos un rebaño de ovejas. Corrió hasta ellas, en busca de sangre fresca. Algo lo detuvo en seco. Entre él y el rebaño se había sentado un perro pastor que lo miraba con cara de pocos amigos, con el lomo encrespado y enseñando los dientes. Debió ser un instinto el que le indicó al felino que aquel perro ya estaba demasiado débil y mayor como para interponerse. Así que avanzó hacia él, muy despacio. Dapper advirtió el riesgo inminente. Mientras el guepardo avanzaba, escuchó un sonido de pasos ligeros a sus espaldas. Era Nujoma, que también presentía la tragedia y trataba de reunirse con él para ayudarle. Algo sorprendente volvió a ocurrir, aunque los que tienen o han tenido un vínculo especial con un perro saben de lo que hablo. Dapper se levantó, dio la espada al guepardo y se sentó de frente a Nujoma, quedando entre ambos. Miró a su dueño, encrespó el lomo, y le enseñó los dientes, gruñéndole. Nujoma comprendió al instante. Su perro lo estaba protegiendo, una vez más. Cuando el dueño se paró, el perro le soltó el ladrido más fuerte de toda su vida. Después, volvió a girar y corrió con todas las fuerzas que le quedaban hacía el guepardo. Sabía que su amo estaba mirando, así que lo dió todo. Hasta su último aliento.

Desde entonces, cada vez que un perro masai se convierte en líder de la manada, sus habitantes le cambian el nombre y le llaman Dapper. En honor a un perro valiente.

Dapper, el valiente (I…)

Su historia tuvo lugar hace cientos de años en Namibia, aunque podría haber ocurrido ayer mismo y en cualquier lugar del mundo. Llegó a la tribú siendo un encantador cachorro de pastor de Anatolia que, al igual que cualquier perro con esa edad, sólo quería comer, dormir y jugar. Sus primeros días fueron difíciles, intentando encajar en una manada ya establecida de duros perros pastores y con poca guasa, entrenados para defender el ganado durante las épocas de transhumancia. Desde el primer momento en el que intentó acercarse a ellos, lo hacía jugueteando, a saco, y se daba de bruces con los gruñidos de sus mayores que le mostraban sus afilados dientes. Afortunadamente, era un perro listo y no tardó en encontrar cobijo entre los niños de la tribú, cuya actitud enérgica y desenfada iba más con su estilo. A los pocos días ya había establecido un vínculo especial con uno de los niños y desde entonces se hicieron amigos inseparables. Nujoma, que era como se llamaba aquel niño, observaba como el cachorro intentaba, cada mañana, acercarse a la manada de perros pastores sin resultado y con riesgo para su integridad. Jamás desistió. Por eso le puso el nombre de Dapper, que en africano quiere decir valiente.

El vínculo entre Nujoma y Dapper se hizo más fuerte con el paso del tiempo, algo que se podía constatar en la actitud de Dapper. Los que tienen o han tenido perro saben de lo que hablo. Mirada de fidelidad absoluta, confianza total hacia el dueño por encima de toda lógica, lametones para dar los buenos días, una pata rasgando en el brazo para pedir más caricias, patas y panza hacía arriba cada vez que escuchaba una palabra de cariño. Devoción, en definitiva, de un perro hacia su amo. Nujoma era un Dios para Dapper y creía en él más de lo que cualquier religioso podrá creer nunca en lo que sea que crea.

Un día Nujoma recibió la noticia de que su padre había muerto. El joven estaba triste y Dapper no se separó de él ni un sólo instante, unido a su dueño por mágicas costuras. Sólo durmió, comío y molestó cuando su dueñó lo había hecho antes. No se escuchó de él ni un ladrido durante los cuatro días que duró el luto, hasta que Nujoma cayó en la cuenta de que, sin su padre, debía atender a la familia y cuidar del ganado. Aquellos cuatro días de tristeza sirvieron para convertir a Nujoma en todo un hombre y cuando salío de la cabaña no volvió a ser el mismo. Los juegos, la diversión y el desenfado pasaron a un segundo plano, relegados por el cuidado del rebaño para poder mantener a su madre y sus hermanas. Esa misma mañana, Dapper salió de la cabaña tras Nujoma y se separó de él —por primera vez en mucho tiempo— para dirigirse con tranquilidad a la manada que tantas veces le había rechazado. El líder, un fuerte perro pastor, le gruñó y le enseñó los dientes, como le había ocurrido desde que era un cachorro. Pero algo distinto pasó. Dapper se mantuvo frente a él, estoico, y lo miró a los ojos, fijamente. Retándolo. La amenaza duró unos segundos, el tiempo que tardó Dapper en ser admitido por la manada. Al igual que en Nujoma, algo en él había cambiado. Algunos pensarán que sorprendentemente, aunque los que han tenido perro saben de lo que hablo. (Continuará, que me tengo que ir de tapas…)

La sorpresa de Jackie

Veo el nuevo Karate Kid como el que va a comer todos los domingos al mismo restaurante, sabiendo lo que hay. Es lo que pasa con las reinvenciones. Está bien que la industria de Hollywood rinda homenajes a películas míticas, pero me parece excesivo que lo haga con las de décadas tan cercanas como los 80. Por muy mítica que sea la película. Porque “The Karate Kid” no es una continuación de la saga, ni si quiera un remake. Lo veo más como un homenaje a la primera cinta en la que vimos la patada de la grulla. Con una salvedad, o varias: no hay patada de la grulla, pero hay algo parecido; no hay Daniel San, pero hay Dre Parker encarnado por Jade Smith; no hay dar cera, pulir cera, en su lugar hay ponte la chaqueta, quítate la chaqueta; no hay señor Miyagui, pero hay un Señor Han interpretado por Jackie Chan que es la gran sorpresa de la película.

Alguno pensará que se me ha ido la olla o algo y yo estaré dispuesto a discutirlo. Jackie Chan, el gran luchador de Kung Fu que renunció al éxito deportivo en su país por tener una estrella en Hollywood, está a años luz de cualquier otra cosa que podamos destacar del nuevo Karate Kid. Por primera vez deja atrás los personajes mediocres e insulsos de sus anteriores películas para interpretar con una credibilidad envidiable a un improvisado profesor de Kung Fú, atormentado por su pasado, aunque dispuesto a levantarse y seguir caminando. Para Will Smith debe ser una putada dejarse una millonada en producirle a su hijo una película y que venga Jackie Chan y lo eclipse por completo. Y que conste que el sucesor del príncipe de Bel-air, aunque sobrecargado en muchas escenas, no lo hace mal. Se le nota que lo ha mamado del padre e, incluso en gestos, nos recuerda a su progenitor. En cuanto a Jackie, no sé si merecerá un premio o si será cosa de que esperábamos mucho menos; pero ya quisiera Nicolas Cage, Ben Affleck o Denzel Washington haber brillado tanto en una película que tan sólo aspira a entretenernos. Si disfrutas de grandes interpretaciones, no dejes pasar la oportunidad de ver a Jackie Chan lucirse en su primer papel medio exigente. Si no, mejor te esperas a que salga en videoclub.