Con ánimo de ensuciar

"Intento vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda golpea constantemente sus muros". Flaubert.

Los vecinos de aún más abajo (y segunda parte)

Hola. Andrés os odia. Y un poquito más desde que me destripáis las segundas partes. Admito que os subestimé y jamás creí que cogieseis el tema del artículo a la primera. Pero veo que Lola, Carmen, Vanessa, Rafael y Monty la han pillado al vuelo. Así que me ahorráis más explicaciones, pero me obligáis a darle una vuelta o a hacer el esfuerzo de seguir profundizando. Pero no os preocupéis, ya os odiaba antes de eso.

Cambiamos de vecinos. Estos viven más abajo. Mucho más de lo que estáis pensando. Al sur. Van todo el día desnudos porque hace un calor terrible. Desgraciadamente con estos no he intercambiado ni una palabra. Jamás me he cruzado con ellos y, si lo hiciese, no entendería nada de lo que me dijesen. Son negros. En vuestro lenguaje políticamente correcto convendría decir que son de color. De color negro africano, para ser exactos. Viven en una tribu formada por no más de treinta personas y me he topado con ellos gracias a la televisión. Una mujer de color blanco europeo —aunque yo diría que más bien era de color rosa—, que decía ser una socióloga anglosajona de no-se-qué universidad, explicaba a la cámara que aquellos indígenas no tenían ninguna palabra para definir la alegría o la tristeza. Pero, sobre todo, lo que más había llamado su atención era la energía desorbitada que ponían en todo lo que hacían. Esa energía, decía la pava del documental, se la proporciona el hecho de que siempre están en un extraño estado de plena felicidad. Y, claro, a partir de aquí cada uno saca sus propias conclusiones. Y yo tengo las mías y un blog.

Los habitantes de la tribu se levantan temprano para ir a cazar. Recorren grandes kilómetros y persiguen a su presa en un alarde de resistencia física. Luego vuelven al poblado. Mientras la carne se cocina cuidan la tierra que también les da alimento y buscan agua. Después de comer descansan lo justo para que les dé tiempo a recoger frutos de huertas naturales, prepararlos para la cena y, si la alacena no da para mucho, salir de caza antes de que caiga el sol. Como no tienen Mercadona están obligados a hacerlo cada día para sobrevivir. Antes de cenar salen a buscar madera y la preparan para la hoguera que les da calor. Para despedir el día bailan alrededor del fuego con el fin de calentar sus cuerpos para las duras horas que les esperan: las noches en la jungla rezuman rocío a caudales y son muy frías. Si no lo hacen podrían enfermar con lo que eso supone en el lugar del mundo en el que se encuentran: muerte. Vencidos por el cansancio se duermen en la peligrosa oscuridad.

Quizás lo extraño no es que sean felices, si no lo contrario. Pese a que viven como animales —yo digo que precisamente por eso— no conciben la tristeza. Como el león, el rinoceronte o la golondrina, su vida es una jornada laboral continua de dieciséis horas para sobrevivir y no lo lamentan. Esa es la causa, no la diferencia. Lo único que tienen ellos de lo que nosotros adolecemos es del instinto que ha logrado que la especie se perpetúe. Tenemos cines, fútbol, móviles y veinte conjuntos diferentes en el armario, pero hemos eliminado lo que nos ha mantenido despiertos y felices hasta hace un puñado de siglos. Nosotros fuimos como ellos, pero nuestra sociedad elimina el impulso más primitivo de todos. El único instinto que hizo que, durante millones de siglos, no tuviesemos más preocupación que mantenernos vivos: el de supervivencia. Su hueco lo ocupa ahora un gran vacio que rellenamos de trivialidades. Más cómodos que nunca y más vacios. Es la gran paradoja de nuestro tiempo. Mientras pensamos en nuestros cómodos sofás si nos llegará para pagar la hipoteca de nuestras chozas de cien metros cuadrados y tarima flotante, se nos olvida que el humano es un animal más en la tierra. Y, ahora, no queremos escuchar al sin techo alemán ni a la rudimentaria tribu africana cuando nos avisan de que somos el único animal que sabe lo que es la infelicidad. Tampoco podríamos aunque quiesiéramos. Es demasiado tarde.

Los vecinos de más abajo (Primera Parte)

sin techoHola. Andrés os odia. Llevaba mucho tiempo navegando por la mierda. Casi había naufragado y pensé en dejar el blog. Casi. A veces, quién menos te lo esperas te devuelve la claridad y recuerda tus objetivos. Hace unos minutos volvía a casa con mis dos perros y me he encontrado con uno de mis vecinos de abajo. Nunca había cambiado una palabra con ellos, pero hoy uno me ha parado para acariciar a mis cánidos y hemos cambiado impresiones durante unos minutos. Al terminar he sentido un cierto vacío en mi interior. Eso ha sido suficiente para salir de la mierda, subir a mi torre de marfil y ponerme a escribir aquí. Tengo un blog sobre esto, pensé. Y aunque este primer párrafo sea un poco disperso para vuestra comprensión. —permítanme que a estas alturas les tuteé— no os preocupeis que voy al grano en un plis, Aramís.

Son dos. Viven abajo. No dónde estáis pensando. Más abajo. En la calle. Dos colchones debajo de los soportales y un par de cajas de madera son los únicos muebles que necesitan para sobrevivir. Suelo observarlos desde mi ventana, mientras disfruto del ambiente que me proporciona la calefacción central, sentado en mi confortable sofá. Por las noches sacan latas o embutido que acompañan con refrescos, vino de tetrabrik y pan. A veces se dan un lujo y entran en el pub de al lado para mojar el gaznate con algún preparado. Sobre todo cuando hay fútbol. El rubio es alemán y, aunque sienta cierta simpatía por el Munich 1970 de su país, dice que es del Betis manquepierda y antimadridista.  Alguno pensará que dónde van dos tíos que viven en la calle y debajo de unos soportales a gastarse el dinero en un cubata. Y bueno, que queréis que os diga, también tienen derecho si sus empleos se lo permiten. Porque su puesto de trabajo está en pleno centro de la ciudad. Utilizan la táctica de divide y vencerás para sacar más de lo que hacen. Se separan unos cien metros y luego se sientan en la acera y esperan a que los demás vayamos depositando alguna moneda en sus cestos. A las ocho de la tarde ya están durmiendo o intentándolo para que no les sorprenda el frío del amanecer con pocas horas de sueño. No están solos, la familia la completan dos perros de raza difusa que no se separan de ellos ni un minuto y les vigilan las mochilas en las que guardan todo su patrimonio mientras duermen o lo intentan.

A lo que iba. Me he cruzado con el alemán rubio hace unos minutos. Quería saludar a uno de mis perros y hemos estado hablando de la grandeza de esos animales, de cómo consiguió al suyo recatándolo de un dueño perverso que perdió dos dientes durante la escena y de fútbol. Le he dicho que debe ser duro vivir así y me ha contestado que antes, cuando vivía en Alemania, era policía pero que se cansó de la vida consumista. Está en España porque hace menos frío y eso es suficiente para su estilo de vida. Aunque no le gusta no poder pasar con su perro a los establecimientos públicos. España es una mierda para eso —explica— en Alemania pueden entrar hasta en los bares de copas porque allí sabemos que te puedes fiar más de ellos que de cualquier persona. Nos hemos despedido porque me ha sonado mi móvil de última generación. He vuelto a casa pensando en que no paramos de hablar de la crisis desde nuestros pisos del Ikea y que, a lo mejor, nuestro problema está en tenerlo todo. Suprimimos el instinto más básico, que es el de supervivencia, y ahora tenemos que buscarnos problemas y retos para ser felices. Estaba dándole vueltas a todo esto cuando oigo al alemán chiflándome desde la acera de enfrente. Si alguna vez me toca la lotería —dice mirándome muy serio— me compró un terreno inmenso, pongo en el medio una caravana y me voy a vivir allí para siempre con veinte perros.

Domingueros asesinos

ciervoHola. Andrés os odia. A unos más que a otros. Pienso que ya es hora de tocar la fibra al personal, así que me he sentado delante del ordenador con ganas de ejercer de ecologista demagógico y ordinario. Lo que viene siendo un verdulero a mucha honra. No os engañéis, lo hago porque últimamente nadie se mete conmigo en los comentarios. Pero, de paso, me quedo a gusto despachando sobre un colectivo: el de los valientes cazadores y sus sucedáneos.

En la blogosfera hay de todo y cuando andas cotilleando de un click a otro corres el riesgo de encontrarte con asuntos que te amarguen el día. En esta ocasión fue una foto en la que se veía a un fulano en cuclillas, escopeta apoyada en la espalda, chaleco verde camuflaje, pitillo a medio fumar entre los labios y media sonrisa Colgate. Parecía el día más feliz de su vida. Tal vez lo fuese: bajo él yacían los cuerpos de casi una docena de ciervos. Muchos de ellos ya tenían las tripas fuera y la sangre dibujaba líneas siniestras sobre el cemento. El hijo de puta colgará la foto encima de la chimenea, pensé.

Es temprano en la sierra de Cazorla. Ha sido una noche fría y las lagartijas buscan el calor de los primeros rayos de sol que se cuelan entre las ramas de los pinos e intensifican el verde del entorno. Aún se pude observar a algún búho rezagado que vuelve a su guarida tras una noche de intenso trabajo. En su camino casi se cruza con su sustituto en el turno de la mañana, un halcón en busca de desayuno. Desde abajo una cierva los mira con curiosidad y respeto antes de seguir bebiendo del Guadalquivir. Después vuelve con sus cervatillos que están a punto de cumplir la edad suficiente para apañárselas solos. Por el camino llaman su atención un par de mariposas que revolotean entre los árboles. En ese instante, un estruendo le hiela la sangre. A su alrededor, decenas de aves salen de los árboles y cruzan el cielo huyendo del peligro. Es la primera vez que la cierva escucha un sonido tan fuerte y, sin entender lo que pasa –jamás lo hará–, corre como si le azotasen mientras su corazón bombea con fuerza. De nuevo el sonido atronador, esta vez acompañado de dolor. Ya sólo será capaz de recorrer un par de metros. Lo último que siente antes de caer desplomada es la sangre recorriendo su cuello. Aún mantiene el gesto de sorpresa en la foto de la chimenea.       

Hasta aquí la demagogia por hoy. Vaya por delante que tengo familiares, amigos y conocidos cazadores que me dificultan el ejercicio de catalogarlos a todos como mala gente. Aunque, para decir verdad, algunos me lo ponen fácil. A otros les tengo una gran estima, aunque no hablo de su afición y si surge la conversación hago mutis por el foro o la corto de raíz para no estropear la amistad. Una cosa no tiene nada que ver con la otra, supongo. Pero me odio a mi mismo por no mandarlos a todos directamente a tomar por culo. Y ojo, me vale igual un ciervo, que un jabalí, que un oso o que una trucha. Deporte, lo llaman. Y una mierda. Son domingueros asesinos.

Edito para insertar una novedad. Una de esas imágenes que ayudan a que lo lleves mejor. En él podemos ver a un cazador valiente. Picha aquí para verlo.

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